Les ofrecemos el texto completo de la homilía de Mons. D. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, en la Misa de clausura de la JEMJ 2026. Fue pronunciada la mañana del 12 de julio de 2026, desde el altar situado en la explanada de la Basílica de Nuestra Señora de Covadonga.
El Arzobispo de Oviedo
Queridos amigos en el Señor:
que Él llene de paz vuestros corazones y vuestros pies surquen los caminos del bien.
Saludo al Sr. Abad de Covadonga, D. David Cueto y al P. Rafael Alonso, a los sacerdotes y al diácono concelebrantes, a los miembros de la vida consagrada, a los voluntarios y a todos los jóvenes que participáis en la JEMJ 2026, en su tercera edición en Covadonga. Un saludo a los hermanos que vienen de otros países:
• Chers amis francophones, vous êtes tous les bienvenus dans ce sanctuaire de NotreDame de Covadonga. Apprenons toujours à faire ce que Jésus nous dit.
• Dear English-speaking Friends, brothers and sisters, you are all welcome to this Santuary of the Virgin of Covadonga. Let us always learn to do what Jesus tells us.
• Liebe deutschsprachige Freunde, Bruder und Schwestern, ihr seid alle willkommen in diesem Heiligtum der Jungfrau von Covadonga. Lasst uns immer lernen, das zu tun, was Jesus uns sagt.
• Cari amici di lingua italiana, Fratelli e sorelle, siete tutti i benvenuti in questo santuario di Nostra Signora di Covadonga. Impariamo sempre a fare ciò che Gesù ci dice.
• Caros amigos que falam portugués, Irmãos e irmãs, são todos bem-vindos a este santuário de Nossa Senhora de Covadonga. Aprendamos sempre a fazer o que Jesus nos diz.
De tantos lugares hemos acudido de nuevo para ahondar en nuestra vida cristiana en torno a Jesús en su Eucaristía y a María Nuestra Madre. Son dos presencias que nos sostienen en la Iglesia para remar mar adentro en medio de los avatares de nuestra travesía a veces con mares de bonanza o con aguas turbulentas que de tantos modos nos amenazan. Queda todavía fresco en la memoria el regalo de la visita del papa León XIV en su reciente viaje apostólico a España. El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan nos dejan vulnerados y asustadizos: los tambores de guerra que internacionalmente nos sobresaltan, la corrupción política con las gobernanzas mendaces que nos saturan con sus cloacas, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, sin que falten las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan. Todo esto ha puesto en evidencia la orfandad profunda que vivimos en la coyuntura de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo con lo que no contábamos, con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos y que suscitaba un alzar la mirada a nuestros ojos humillados, alzar la mirada a Dios que nos espera y jamás nos defrauda. Ese algo ha sido la vivencia agradecida de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.
El estribillo constante de los mensajes del Santo Padre ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de levantar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente o cavar las trincheras en las que escondernos. No ha habido pregunta de los jóvenes con los que León XIV se ha encontrado que no haya sido acogida y respondida con su paterna sabiduría. Vale la pena repasar las seis cuestiones que ellos le presentaron en Madrid y Barcelona, y cómo abrazó con sus bellísimas respuestas el desgarro que tales preguntas provocaban.
En nuestra JEMJ 2026 nos dimos un lema de claro sabor mariano: «Haced lo que Él os diga». El contexto era una boda en Caná de Galilea. No faltaron el novio o la novia, pero sin el vino era incompleto el festejo porque se aguaba la fiesta. María se apercibe de una carencia, pero no se aprovecha. Hace de aquella circunstancia una ocasión para el encuentro con Jesús como Buena Nueva. Y entonces ocurrió el milagro de transformar el agua de la tristeza en el vino de la esperanza que pudieron escanciar con sorpresa agradecida.
«Haced lo que Él os diga» no fue un recurso barato (los milagros nunca tienen precio). Sino el testimonio de toda una vida. Porque también María se encontró no pocas veces con situaciones que la superaban provocando sus preguntas, sus temores y sus no saber nada. Cuando el arcángel Gabriel como mensajero de Dios le haga la propuesta de ser Madre del Mesías, cuando se pierda Jesús en el templo a los doce años, cuando llegó a sus oídos de que su Hijo se había vuelto loco y que para matarlo lo buscaban, o al pie de la cruz viendo llegar una muerte que no tuvo la última palabra, o en aquella escuela de oración del Cenáculo donde enseñó a esperar a los discípulos acobardados. En todos estos escenarios María vivió lo que desde el principio marcará su itinerario: «Hágase en mí según tu Palabra”. Solo quien vivió así su relación con Dios podía proponer a los demás aquel «haced lo que Él os diga», porque lo que Él me ha dicho siempre es lo que he hecho yo. Qué hermoso es habernos asomado en estos tres días maravillosos a esta invitación de la Virgen en nuestra adoración y vivencia de la Santa Eucaristía.
Este domingo se nos habla de semillas en el Evangelio, de lluvia que las riegan, de libertad que permite que sencillamente sean. Acaso para nuestra cultura tecnificada y asfáltica, enredada en las redes sociales y en la Inteligencia Artificial puede que nos venga raro o lejano el discurso, pero vale la pena asomarse a él humildemente, como quien puede quiere aprender algo que nos corresponde de veras. Cuando el hombre se abre al don de Dios manifestado en su Palabra, ceden las esclavitudes y saltan nuestras cadenas, y empezamos a ser en verdad hijos de Dios como nos dice la segunda lectura (cf. Rom 8,18-23). No siempre la libertad del hombre está abierta al don de Dios, por eso existe un gemido, una tristeza, una frustración que nos vela la gloria para la cual hemos sido hechos.
La Gracia de Dios es como la lluvia, como nos ha dibujado bellamente Isaías en la primera lectura, pero si nuestros cauces de absorción están embotados, cerrados a cal y canto, Él respetará delicadamente nuestra cerrazón y ni siquiera nos humedecerá el más grande de los torrentes, por más que Dios quiera empaparnos: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,10-11). Este es el plan de Dios, su proyecto y su deseo. Pero Él no lo impone, sino que lo propone, dejando la última palabra a nuestra libertad.
Así se entiende esta parábola que Jesús mismo explica a sus discípulos (cf. Mt 13,123). Es una de las pocas ocasiones en las que podemos verificar algo que sucedería con mucha frecuencia cuando estuvieran solos Jesús y los discípulos, donde se pedirían explicaciones que pusieran luz en tantas preguntas que ellos tendrían ante lo que en un día cualquiera habían visto y oído acompañando al Maestro de acá para allá. Es así como ellos pidieron una ampliación de la parábola… por si acaso no la habían entendido bien o porque acaso la habían entendido demasiado bien y querían estar ciertos.
Tal explicación por parte de Jesús es bella y enormemente pedagógica a la vez. La semilla es la misma, pero los terrenos de acogida no. Y aquí está la cuestión, como plásticamente va desgranando la parábola: no entender la Palabra de Dios porque no nos ha calado (la semilla que cae en el camino); no cuidar eso que se ha entendido ya pero que no nos ha llegado hasta el fondo de nuestro corazón (la que cae en terreno pedregoso); pretender escuchar al mismo tiempo a Dios y a otros que contra Él hablan, yéndonos al final tras los seductores de turno haciendo así estéril lo que el Señor sembró en nosotros (lo sembrado entre zarzas).
Pero también existe el terreno humilde, que acoge con sencillez, aunque sea lento e incluso torpe en asimilar. Importa menos la celeridad y la cantidad del fruto (unos dan ciento, otros sesenta, otros treinta por uno), lo único importante es haber acogido esa semilla de su Palabra y que nos fecundice. ¿No quiere Dios sembrarse en nosotros para en nosotros fructificar otra vez el don de la paz y de la gracia, el de la luz y la misericordia, el del perdón y la alegría… todos esos frutos que nuestro amado mundo no consigue fabricarse y que sin embargo necesita más que nunca? ¡Qué hermosa es la vida de tanta gente sencilla que sin troníos ni alharacas se han dejado fecundar por Dios, por su lluvia y su semilla!
En el evangelio de este domingo nos presenta una de esas parábolas con las que Jesús solía enseñar lo que era el Reino. El pueblo nuevo de Dios es un pueblo que huele a tierra mojada de la que nacerá en libertad ese mundo según el corazón de Dios. No la Babel que nos confunde y enfrenta, sino la Ciudad de Dios que nos hermana y acompaña hasta la santidad. Basta no cerrarse. Basta creerlo, acogerlo y compartirlo. Cada uno de nosotros somos ese terruño en el que Dios ha querido sembrar la palabra que eternamente silenció para decírnosla a nosotros y para decirla con nosotros. No somos un barbecho infecundo de tanto esperar una semilla, sino esa tierra abierta en la que el Señor nos quiere sembrar su Buena Noticia. Ojalá tengamos oídos para oír, corazón para acoger y manos para compartir la semilla de cuanto Él hace y dice en nuestra pequeñez.
Una buena tierra para la mejor semilla. Y la siembra de Dios siempre tendrá una forma vocacional en cada uno de sus hijos. No somos anónimos sin rostro, sino hombres y mujeres que fueron llamados a la vida con la misión que Dios nos ha encomendado. Esta es la vocación cristiana que cada uno ha recibido. En encuentros de jóvenes cristianos como este, o como esos a los que nos convoca el papa, hay una siembra vocacional preciosa. De aquí salen familias cristianas que se plantean un noviazgo como Dios lo manda aprendiendo lo que significa la fidelidad para siempre, en ternura y respeto como un don complementario de hombre y mujer, abiertos a la vida y educando a los hijos que el Creador les pueda dar. De aquí nacen vocaciones a la vida religiosa en cualquiera de sus formas en las que se vive la pertenencia al Señor dentro de una comunidad donde se profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia. Aquí surgen también llamadas al sacerdocio para dar la vida al Buen Pastor que pone en nuestros labios su Palabra y con nuestras pequeñas manos reparte los sacramentos de su gracia.
Queridos amigos, gracias por haber venido un año más o por primera vez, gracias a los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre, a los sacerdotes y religiosas que habéis acompañado a vuestros jóvenes, a los voluntarios que tanto nos han ayudado, a los responsables de la liturgia y de los cantos. Mirando a María queremos aprender su lección de hacer lo que Dios nos diga, dejando que Él siembre en nosotros la semilla de su Palabra. Amén.
Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

